domingo, 11 de diciembre de 2011

LA TEJEDORA

El sol quemaba, pero ella no se movía, a veces parecía que ni siquiera respiraba, sólo sus manos se movían al compás del viento que rosaba su rostro sin expresión. Llevaba ya casi una semana sentada a las afueras de su casa entrelazando hilos de colores y formando figuras extrañas pero perfectas, tejía sueños desordenados, tejía sus recuerdos, tejía esperanzas, o tal vez tristezas, “es un shimpironte” decía cuando nos acercábamos a investigar y luego con una mirada nos decía que nos fuéramos.
Como toda mujer de pueblo ella había aprendido a tejer desde los ocho años o tal vez menos; su madre , su maestra, le había enseñado el arte de entrelazar hilos y  con movimientos armónicos descubrir todos los secretos que guardan.
La señora Domitila era una mujer solitaria y callada que escondía su vida a través de los mantos que tejía, o mejor dicho su vida era los mantos y su oficio era el tejer.
Depositaba cada minuto de sus horas solitarias en descubrir entre cada puntada la perfección del diseño.
Los shimpirontes que tejía no los vendía, no los regalaba, ella solo tejía para luego guardar en su casa, por esa razón todos la tildaban de bruja, de loca, pero tal vez solo lo decían por temor o para que sus niños no se le acerquen, habían crecido una infinidad de mitos alrededor de ella.
Mientras las personas del pueblo hablaban, nuestra curiosidad crecía cada vez más, nuestra desesperación por saber que se escondía dentro de la casa de doña Domitila era excesiva hasta que un buen día, entre juegos y bromas, desdimos entrar a su casa y averiguar qué era lo que hacia con sus perfectas mantas.
Aquella noche era profunda y en el cielo no brillaba ninguna estrella, sólo la luna hacía gala de su infinita belleza, los grillos chirriaban sus notas confusas dentro de las pencas rompiendo el silencio eterno de la noche, los magueyes flacos y largos parecían observarnos desde lo alto como advirtiéndonos, todo eso daba una especie de terror a la noche. Y de ese modo nos  fuimos hacia su casa que por alguna razón se encontraba alejada de las demás.
Estábamos a unos pasos y el miedo nos perseguía por instantes, no había nadie, la noche era nuestra única acompañante y era también la única testigo de los que existía en esa morada.
Llegamos frente a la puerta y esta se abrió por si sola impulsada por el viento frío de la noche, entramos y nuestros ojos no daban crédito a los que veíamos.
Una casa, una ventana, la lluvia, la niebla, la tristeza y el recuerdo, acompañados por la perfección infinita de tejidos armoniosos
Un cuarto lleno de mantas, los muebles habían desaparecido dejando un profundo vació. Sólo quedaba una mesa con una pequeña flor al centro de ella, en las sombras, lejos de la luz de de la luna, la melancolía suspiraba en las paredes,  colgadas estaban las fotografías de sus pequeños niños, cuanta felicidad se veía reflejada en los ojos de la  tejedora, una felicidad de la que ahora no quedaban rastros. Nuestros ojos se llenaron de lágrimas, nuestro corazón de culpa, y un dolor  parecido a la tristeza de la misma forma en que la lluvia parece neblina embargó nuestro cuerpo. habíamos tildado a nuestra señora Domitila como una bruja, como una loca, cuando en realidad era un alma sola, y con un corazón cargado de recuerdos, .
De repente, de un pequeño cuarto salió, siempre con su mirada si expresión; pero nosotros veíamos por fin la tristeza de su alma. en el momento que la apareció, lagrimas corrieron por nuestras mejillas y nuestros corazones destrozados latieron rápido, ella se dio cuenta que habíamos descubierto lo que ella ocultaba, tal vez para que la gente no le tuviera pena, no nos gritó y con una mira  nos dirigió hacia la su puerta, no dijo ni una sola palabra pero una sonrisa y una lagrima aparecieron.
A la mañana siguiente todo volvió a ser igual, la señora tejía, la gente hablaba, pero como suele suceder, el pequeño ovillo se enredó en silencio, y Domitila se tornó en el olvido para muchos. 
Hoy cuando veo su casa, ya casi echa ruinas, no puedo evitar ver de nuevo su rostro solitario asomándose entre la belleza de sus mantas y una sonrisa triste se dibuja en mi rostro.  
Una casa, una ventana, la lluvia, la niebla, la tristeza y el recuerdo, acompañados por la perfección infinita de armoniosos tejidos.

Stephanie Milagros Roncal Cotrina