lunes, 9 de abril de 2012

Mujer de harapos


La caridad es el océano desde donde salen y a donde van a parar todas las demás virtudes.
Henri Lacordaire


Un pequeño relato por esta semana Santa.

MUJER DE HARAPOS

Todos la miraban y se apartaban de ella, la mujer seguía caminado sin darse cuenta de ello, la noche era helada pero nadie se atrevía a darle una simple tela con que cubrirse, solo sus harapos resguardaban su débil cuerpo herido por los días gélidos. 
En el pequeño pueblo de las colinas, detrás de las nubes, donde los rayos del sol no llegan, vivía ella, siempre murmurando algo incomprensible, siempre con los pies descalzos, con la cara hundida, el cabello canoso y las ropas rasgadas.
Se sentaba en la esquina, en el polvo, con la mano extendida, la cabeza gacha. ¡Alguien ayúdela!, pero seguían pisándola.
La fiesta se acercaba, los preparativos, las reuniones, todo lo mejor para la Virgencita del pueblo. 
Todos a adorarle.
La mujer de los harapos también fue, la gente la veía, parada en un rincón de la Iglesia del pueblo, todos la miraban y se alejaban, murmurando para sus adentros.
La mujer solo rezaba; llegó como siempre el final de la misa, todos lo devotos se acercaron, monedas y billetes caían dentro de la canasta de ofrendas a los pies de la Virgencita, llego así la mendiga, se arrodillo frente a la estatua y le beso los pies, de su bolsillo escondido, saco las pocas monedas recibidas en el día, y se lo dio todo. 
Un niño que estaba observando se acercó a la mujer y le dio su ropa. La mendiga ya no tena frió gracias más que todo al amor recibido de un pobre niño.
Ese día hubo sol, y la Virgen María sonrió en el Templo.
Stephanie Roncal