martes, 9 de octubre de 2012

EL ALQUIMISTA Y EL CALENDARIO


Harto de su vida mediocre, quiso ser alquimista, atraído como tantos otros por la posibilidad de convertir el plomo en oro. Tras largos años de denodados esfuerzos y miles de experimentos sin fruto, lo consiguió: el último trozo de plomo arrancado de las cañerías de su casa se convirtió en el preciado metal dorado. Sonrió satisfecho, aunque tan sólo por unos instantes  pues su rostro demudó violentamente cuando miró aquel viejo calendario que colgaba de su pared y que no había cambiado desde el día en que comenzó su aventura alquimista. 

La última hoja que pendía se cayó, totalmente seca, rompiéndose como el cristal nada más tocar el suelo.


jueves, 23 de agosto de 2012

Un día de estos - Gabriel García Márquez

  El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

         Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
         Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.